A medida que se acercan las elecciones de medio término de 2026, Donald Trump, pese a no haber anunciado una candidatura presidencial, ha intensificado su actividad política mediante la organización de mítines, la compra de espacios publicitarios en televisión y la financiación de campañas de base en estados clave. La estrategia, descrita por analistas como "una guerra de recursos fuera de la boleta", busca moldear la agenda del Partido Republicano y debilitar a los demócratas en el Congreso.
Los informes de DW indican que el gasto total de la campaña de Trump supera los 200 millones de dólares, una cifra sin precedentes para un político que no compite directamente. Además, el expresidente ha creado una red de comités de acción política (PAC) que canalizan fondos a candidatos alineados con su visión, lo que ha generado críticas sobre la posible violación de normas de financiamiento electoral.
Esta movilización ha provocado reacciones mixtas dentro del propio Partido Republicano; algunos líderes lo ven como un impulso necesario para recuperar escaños perdidos, mientras que otros temen que su presencia polarice aún más al electorado y dificulte la construcción de coaliciones. En el Congreso, varios legisladores ya han anunciado alianzas estratégicas con los grupos respaldados por Trump, anticipando una posible reconfiguración del poder legislativo.
A nivel internacional, la persistente influencia de Trump en la política interna de EE. UU. es observada con cautela, pues su retórica y políticas exteriores anteriores siguen afectando las relaciones con aliados y adversarios. La capacidad de un exmandatario para moldear resultados electorales sin estar en la boleta plantea preguntas sobre la estabilidad del sistema democrático y la normativa de campañas.

