El 7 de octubre de 2023 Hamás lanzó la mayor operación terrorista en territorio israelí, dejando más de 1.200 muertos y cientos de heridos. Tres años después, el impacto del ataque se percibe tanto en la arena política como en la vida cotidiana de la población.
El conflicto desencadenó una ola de apoyo al gobierno de Benjamin Netanyahu, que supo capitalizar el miedo y la demanda de seguridad para reforzar su coalición con partidos de ultraderecha, como el Likud y los nacionalistas religiosos. Esta reconfiguración ha llevado a la aprobación de leyes que amplían los poderes de las fuerzas de seguridad y a la marginalización de voces críticas.
Al mismo tiempo, la sociedad israelí ha institucionalizado el recuerdo del 7 de octubre mediante ceremonias oficiales, minutos de silencio y la construcción de monumentos conmemorativos en Jerusalén y Tel Aviv. Estas prácticas buscan honrar a las víctimas, pero también alimentan la narrativa de victimización que sustenta la agenda de los partidos más conservadores.
El legado del ataque sigue alimentando la escalada del conflicto con Gaza, pues la presión interna para una respuesta militar más dura se combina con la falta de avances en negociaciones de paz. La comunidad internacional observa con preocupación cómo la polarización interna dificulta cualquier intento de solución diplomática duradera.

