El próximo comicio nacional, previsto para noviembre de 2026, se perfila como uno de los más decisivos de la historia reciente de Israel. La campaña está dominada por la rivalidad entre el primer ministro Benjamin Netanyahu, líder del Likud, y una coalición de partidos de centro‑izquierda encabezada por Yair Lapid y Naftali Bennett, que prometen reformas institucionales y una política exterior menos confrontacional.
El sistema electoral israelí, basado en representación proporcional y una única circunscripción nacional, obliga a los partidos a superar un umbral del 3,25 % de los votos para obtener escaños. Esta regla favorece la fragmentación del parlamento y la necesidad de formar coaliciones, lo que a su vez genera gobiernos inestables y negociaciones intensas tras la votación.
Los principales temas de la campaña incluyen la seguridad frente a los grupos militantes en Gaza y el Líbano, la política de asentamientos en Cisjordania, y la relación con Irán. Además, la cuestión judicial –la reforma del sistema de nombramiento de jueces que Netanyahu impulsó en su último mandato– sigue generando protestas masivas en la sociedad civil.
Los resultados de estas elecciones tendrán repercusiones directas en la postura de Israel respecto al conflicto palestino, su cooperación en inteligencia con EE. UU. y la dinámica de la alianza con países del Golfo que buscan una mayor normalización. Asimismo, la composición de la Knesset influirá en la capacidad del país para negociar acuerdos de paz o, por el contrario, intensificar la confrontación regional.

