En febrero de 2026, fuerzas estadounidenses e israelíes llevaron a cabo una serie de ataques aéreos contra instalaciones estratégicas vinculadas al programa de misiles balísticos de Irán. La operación, anunciada como una respuesta a actividades consideradas desestabilizadoras, marcó el punto de inflexión de una relación que ya mostraba signos de deterioro tras la retirada del acuerdo nuclear de 2015.
Tras los ataques, la República Islámica adoptó una postura más agresiva, anunciando la ampliación de su programa de defensa aérea y la puesta en marcha de ejercicios militares en la zona del Golfo Pérsico. Además, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán intensificó su campaña diplomática en foros multilaterales, buscando apoyo en Rusia, China y en la Organización de Cooperación de Shanghai.
En Washington, la administración estadounidense justificó la acción como una medida preventiva para impedir que Irán adquiera capacidad de alcance intercontinental. Sin embargo, analistas de seguridad advierten que la escalada podría desencadenar una respuesta de represalia que incluya ataques cibernéticos o el uso de armas de corto alcance contra intereses estadounidenses en la región.
El escenario geopolítico actual muestra una mayor fragmentación de alianzas tradicionales y una creciente competencia por la influencia en Oriente Medio. La evolución de la rivalidad EE. UU.-Irán tendrá repercusiones directas en la estabilidad de países vecinos como Iraq, Siria y el Líbano, y podría afectar los precios internacionales del petróleo, ya que los mercados perciben un mayor riesgo de interrupciones en la producción de la zona.

