El conflicto ha transformado la vida económica y social de Irán, generando escasez de empleo y presiones sobre los recursos básicos. Sin embargo, las instituciones fundamentales del estado han demostrado resiliencia, manteniendo el control sobre mecanismos de poder clave. Los hardliners, aprovechando la situación de crisis, han reforzado su influencia y han minimizado el espacio político de oposición. La economía sufre con el bloqueo, pero el núcleo del sistema político muestra una notable estabilidad, lo que sugiere que el conflicto puede tener efectos a largo plazo más en la sociedad civil que en el aparato estatal.

