El 7 de octubre, varios testigos locales reportaron avistamientos de uniformes y vehículos militares que coinciden con los de las Fuerzas de Defensa Eritreas en la zona norte de la región de Tigray, en Etiopía. Las denuncias surgieron en medio de una escalada de combates entre el ejército etíope y los rebeldes tigrayanos, que han mantenido una guerra abierta desde noviembre de 2020.
El gobierno etíope ha utilizado la supuesta intervención eritrea como justificación para intensificar sus operaciones militares, alegando que se trata de una agresión externa que amenaza la soberanía nacional. Por su parte, el Ministerio de Defensa de Eritrea ha desmentido rotundamente la presencia de sus tropas, calificándola de "pretexto fabricado por Addis Abeba".
Organizaciones internacionales, entre ellas la ONU, han pedido una investigación independiente para esclarecer los hechos y evitar una mayor escalada que podría arrastrar a la región del Cuerno de África a un conflicto más amplio. La comunidad internacional teme que la entrada de Eritrea, aliada de Arabia Saudí, pueda complicar los esfuerzos de mediación liderados por la Unión Africana.
Mientras tanto, la población civil de Tigray continúa sufriendo desplazamientos forzados, escasez de alimentos y restricciones al acceso humanitario. La incertidumbre sobre la posible participación de Eritrea agrava la ya precaria situación humanitaria y plantea nuevos retos para la diplomacia regional.
