El 2 de octubre, Corea del Norte disparó un misil balístico desde la ciudad portuaria de Wonsan hacia el mar, según informó el ejército surcoreano. La prueba, aunque declarada como una rutina de entrenamiento, fue percibida por Seúl como una provocación que refuerza la capacidad de alcance de Pyongyang.
En paralelo, Corea del Sur acusó a su vecino de haber colocado minas terrestres que dejaron tres soldados heridos en la zona fronteriza. El incidente reavivó las sospechas sobre la estrategia norcoreana de usar armas no convencionales para presionar a su rival.
A miles de kilómetros, Ucrania anunció el primer uso en combate de su propio misil balístico de corto alcance, desarrollado indigenamente para complementar el arsenal occidental. El ataque, realizado contra posiciones enemigas en el este del país, demostró la creciente autonomía tecnológica de Kiev.
Estos tres episodios, aunque geográficamente dispares, comparten la característica de evidenciar una tendencia global hacia la proliferación de misiles balísticos, lo que incrementa la incertidumbre estratégica y obliga a los aliados a revisar sus planes de disuasión y cooperación militar.

