El Departamento de Defensa de EE. UU. anunció el cierre definitivo de su misión militar en Irak, marcando el fin de una presencia que se había prolongado más de dos décadas. La retirada deja a la región del Kurdistán iraquí sin la cobertura de inteligencia y apoyo logístico que proporcionaba la coalición occidental.
Irán, que mantiene una red de milicias chiíes aliadas en el país, ha declarado su disposición a “llenar el vacío” y ofrecer asistencia de seguridad a Bagdad y a la administración autonómica kurda. Analistas de seguridad advierten que esta oferta podría traducirse en una mayor presencia de la Guardia Revolucionaria Islámica y de grupos como Kataib Hezbollah.
El vacío de seguridad también preocupa a los actores kurdos, que temen que la ausencia de la fuerza estadounidense reduzca su capacidad de defensa frente a amenazas de grupos extremistas y a la presión iraní. La administración iraquí ha intentado equilibrar sus relaciones, pero la falta de una fuerza de estabilización externa complica la gestión de la frontera con Siria y la lucha contra el Estado Islámico.
En el plano diplomático, la retirada de EE. UU. podría reconfigurar la dinámica de poder en la región, impulsando a Irán a consolidar su influencia y a los aliados occidentales a buscar nuevos mecanismos de cooperación con Irak para evitar una mayor polarización sectaria.


