El tribunal keniano emitió una sentencia contra Paul Mackenzie, autoproclamado pastor de una secta apocalíptica, y 29 de sus seguidores por la muerte de al menos 191 niños y la desaparición de más de 400 miembros. La acusación sostenía que Mackenzie obligó a sus adeptos a abstenerse de comer, bajo la promesa de una salvación divina que nunca llegó.
Durante el proceso, testigos describieron cómo la secta aisló a sus miembros en zonas rurales, controlando su alimentación y prohibiendo cualquier contacto externo. Las autoridades descubrieron cuerpos y restos humanos en varios sitios, confirmando la magnitud del crimen.
La condena incluye largas penas de prisión para Mackenzie y sus cómplices, y ha generado un llamado a reforzar la vigilancia sobre grupos religiosos extremistas en la región. Organizaciones de derechos humanos han pedido una mayor protección para comunidades vulnerables y una investigación exhaustiva de posibles complicidades locales.
El caso también ha puesto de relieve la dificultad de intervenir en comunidades cerradas y la necesidad de mecanismos internacionales para prevenir abusos similares en el futuro.



