El pasado 2 de noviembre se registró un ataque armado en la ciudad de Karak, en el norte de Jordania, que dejó al menos ocho personas fallecidas y decenas de heridos. Los agresores, identificados por las autoridades como miembros de una célula extremista vinculada a grupos islamistas, irrumpieron en una zona residencial y dispararon contra civiles antes de ser neutralizados por la policía local.
El rey Abdullah II, en una sesión extraordinaria del parlamento, condenó enérgicamente el acto y declaró que los responsables "no son de nosotros". Además, advirtió que Jordania no tolerará ninguna forma de terrorismo y que se reforzarán los operativos de seguridad en todo el territorio, con apoyo de aliados internacionales.
El incidente ocurre en un contexto de creciente fricción entre Jordania e Israel, donde el rey ha señalado que la expansión de los asentamientos israelíes constituye la mayor amenaza para la estabilidad regional. La comunidad internacional ha llamado a una investigación exhaustiva y a la cooperación en materia de inteligencia para prevenir futuros atentados.
Las autoridades jordanas han iniciado una investigación conjunta con agencias de seguridad de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que el gobierno ha prometido indemnizaciones a las familias de las víctimas y la reparación de los daños materiales. El episodio subraya la vulnerabilidad de los países vecinos ante la proliferación de grupos radicales y la necesidad de una respuesta coordinada.

