Durante la última semana, autoridades de seguridad de varios aeropuertos europeos recibieron múltiples alertas de bomba que resultaron ser falsas. En al menos una docena de vuelos, los aviones fueron obligados a aterrizar bajo escolta militar o a ser desviados a aeropuertos alternativos, lo que provocó largas colas de pasajeros y la interrupción de itinerarios críticos.
Las compañías aéreas, entre ellas Lufthansa, Air France y Alitalia, activaron protocolos de emergencia, suspendiendo temporalmente los embarques y reprogramando los itinerarios. Los controladores aéreos tuvieron que reasignar rutas de tráfico, lo que generó congestión en el espacio aéreo de varios países y obligó a los servicios de emergencia a desplegar unidades antiterroristas en tierra.
Los gobiernos de los estados afectados emitieron comunicados alertando a la población y solicitando paciencia mientras se investigaban los orígenes de las amenazas. Hasta el momento, las investigaciones policiales no han identificado a los autores, aunque se sospecha de grupos que buscan desestabilizar la movilidad aérea por motivos políticos o económicos.
El impacto económico estimado supera los 50 millones de euros en costos directos, sin contar las pérdidas indirectas de turismo y comercio. La situación ha reavivado el debate sobre la necesidad de reforzar los sistemas de detección de amenazas y de coordinar mejor la respuesta entre los países miembros de la Unión Europea.

