Las principales firmas petroleras de Estados Unidos reportaron, según fuentes del sector, unas ganancias acumuladas de aproximadamente 130 mil millones de dólares desde el inicio de la guerra en Irán a principios de este año. Este beneficio se produce en un contexto de fuerte reducción del suministro de crudo proveniente del Golfo y de sanciones que limitan la exportación iraní, lo que ha disparado los precios internacionales del petróleo.
El precio del crudo Brent, referencia mundial, se ha apreciado en torno al 12 % desde que se intensificaron los combates, situándose por encima de los 100 dólares por barril. Este repunte ha repercutido directamente en los mercados de energía de Norteamérica, donde los precios de la gasolina y del gas natural han experimentado incrementos similares, trasladándose a los consumidores finales.
Los hogares estadounidenses sienten el impacto en sus facturas de energía, que han subido entre un 8 % y un 10 % en los últimos tres meses, según datos de la Administración de Información Energética (EIA). La presión sobre los costos de vida ha reavivado el debate político sobre la dependencia energética y la necesidad de diversificar las fuentes de suministro.
Desde el punto de vista geopolítico, el conflicto en Irán ha reforzado la posición de los conglomerados energéticos estadounidenses, al tiempo que ha generado críticas de gobiernos europeos y de organizaciones medioambientales que denuncian la falta de medidas para mitigar el aumento de emisiones de CO₂ derivado del mayor consumo de combustibles fósiles. La situación plantea interrogantes sobre la capacidad de los Estados Unidos para equilibrar intereses económicos y compromisos climáticos en un escenario internacional cada vez más volátil.
