En la madrugada del 24 de septiembre de 2026, ataques aéreos rusos alcanzaron al menos ocho localidades distintas en el territorio ucraniano, provocando la muerte de ocho civiles y dejando a decenas de heridos. Las explosiones se registraron en las regiones de Járkov, Donetsk y Kherson, donde la infraestructura civil resultó gravemente dañada.
El presidente de EE. UU., Joe Biden, aprovechó la sesión plenaria de la Asamblea General de la ONU para solicitar a la comunidad internacional una reducción inmediata de los suministros de energía provenientes de zonas en conflicto, advirtiendo que la guerra en Ucrania ya está generando escasez de gas y electricidad en varios mercados.
En paralelo, altos funcionarios estadounidenses mantuvieron conversaciones bilaterales con sus homólogos rusos, buscando establecer corredores humanitarios y mecanismos de control de precios energéticos que limiten el impacto de los ataques sobre los consumidores europeos y asiáticos.
Los analistas advierten que, si bien la diplomacia puede aliviar la crisis energética, la continuidad de los ataques podría desencadenar una escalada militar que vuelva a poner en riesgo la estabilidad del suministro de gas natural y petróleo a nivel mundial.
