A cuatro décadas del catastrófico accidente en la central ucraniana, la zona de exclusión se erige como un monumento a la fragilidad humana frente a la energía nuclear. Las imágenes de las calles desiertas de Prípiat y los edificios encapsulados evidencian un tiempo detenido, mientras las autoridades ucranianas luchan por contener los efectos ecológicos a largo plazo. La conmemoración de este aniversario ha reavivado el debate sobre la seguridad nuclear y la gestión de residuos radiactivos, cuestiones que siguen siendo tan urgentes como en aquel momento. Expertos internacionales advierten que el legado radiactivo requiere una atención sostenida durante décadas.
